Carta de Marcos publicada en el número de Huellas de septiembre 2014

Querido Julián:
A lo largo de estos meses nos has insistido en que nos preguntásemos «cómo se puede vivir» cualquier circunstancia. Y ahora, siguiendo al Papa, también nos has provocado con la pregunta sobre lo esencial para vivir, invitándonos a descubrirlo no reflexionando sino sorprendiéndonos en acción. Intento contestar contándote una experiencia reciente.
En el mes de junio José Miguel García me invitó a visitar la comunidad de México para acompañar a los chicos del CLU. Me impresionó su propuesta porque me sentía indigno, pero me fie y acepté haciendo memoria de lo que dice don Giussani en los Ejercicios: «El movimiento camina exclusivamente por el afecto a Cristo». Así que me adherí a su propuesta pidiendo a la Virgen la gracia de ser leal y verdadero con lo que el Señor me mostrase. Cuando llegué, la realidad del país me superó, me vi inadecuado, me pilló desprevenido. La pobreza extrema y la miseria de algunas zonas cuestionaban mi certeza. Al ver a ciertas personas, me preguntaba a menudo: «Y este, este tan concreto, ¿también deseas salvarlo, Cristo, también vas a venir a buscarle?».
Al cabo de dos días, comiendo con los responsables, comencé a hacerles preguntas sobre la situación social. Escuchándoles contar ciertas anécdotas me quedé aterrado por la violencia extrema, con el corazón algo encogido y asustado. Y cuando uno de ellos me contaba que incluso había sido secuestrado en una ocasión me surgió inmediatamente la pregunta: «Pero, ¿cómo se puede vivir aquí?». Es decir, me di cuenta de lo humana y oportuna que es la pregunta que nos has hecho.
Con el paso de los días, esta perplejidad crecía. Tanto que me sorprendía comprobando demasiado a menudo si mi pasaporte estaba en la maleta para asegurarme la vuelta. Me di cuenta entonces de que ante algo que no entendía, ponía mi seguridad en la posibilidad de huir. Pero a la vez, esto aumentaba la sospecha de que verdaderamente en ciertas circunstancias no se podía vivir. Pero si uno no resuelve estas cuestiones acaba perdiendo la fe, es decir, domina la sospecha de que el Señor no vence en cualquier circunstancia y en cualquier momento. Al ver mi incerteza y ver dónde estaba poniendo mi seguridad empecé a pedir al Señor que me hiciese entender qué es lo que permite vivir también ahí, descubrir de dónde nace la certeza. Y quise ir hasta el fondo de lo que tenía delante.
Empecé a fijarme en la gente del movimiento y no tanto en mi perplejidad, porque ellos no huyen de ahí, viven sin escapar. Un día tuve la oportunidad de pasar el día con Lupita, una chica de los Memores Domini, profesora de arte, que vive en DF. Visitamos algunos lugares significativos de la ciudad con un grupo de alumnos suyos. Un grupo muy variado: católicos, protestantes, ateos… Había de todo. Y en todos se palpaba de una forma o de otra el drama de la violencia que sufre este país. Todos tenían un familiar perdido o fallecido intentando cruzar a EEUU. Pero al ver cómo los trataba Lupita, se me hizo tan atractivo su modo de vivir que se me olvidó el miedo y la duda. En ella descubría un afecto, un abrazo, una pasión por el destino de cada uno de ellos. Veía un tipo de humanidad que solamente puedo identificar con la de Jesús. Y me invadió un silencio y una gran paz. Y me sorprendí apegado a ella, cada vez más tranquilo. Era paradójico, ella no era un policía que resolviese la inseguridad, ni resolvía el drama de los chicos, pero introducía una humanidad que permitía hablar de ciertos dramas con los chicos con una mirada de esperanza.
Al final del día fuimos juntos a la villa, a ver a la Virgen de Guadalupe. Me arrodillé un buen rato para rezar. Estaba dominado por el asombro por lo que había visto ese día, y por el deseo de entregarle mi vida a la Virgen. Pero delante de ella me surgió una pregunta, como si me la hiciese ella misma: ¿estarías dispuesto a darme la vida en el lugar que yo decida? ¿Estarías dispuesto a quedarte con mis hijos si yo te lo pidiese? Y, reconociendo cómo Cristo a lo largo del día se había hecho compañía cercana a mí, me surgió inmediatamente una respuesta cierta: «sí». Me invadió una certeza mucho mayor que las dudas, las incomodidades, o la nostalgia de todo lo que tengo en España. En ese momento entendí qué necesito para vivir, qué es lo que de verdad busco: la compañía concreta de Cristo, su Presencia presente. Si Él es fiel a la promesa que nos hizo («yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo») puedo vivir allá donde el Señor me lo pida y de la forma que me lo pida. Mi consistencia es su presencia, mi certeza está en su fidelidad.
Marcos, Barcelona (España)