De Raul Adames, Director del Colegio Abat Oliba, publicado en la revista  del colegio del CEU.

“El mundo entero se aparta al pasar un hombre que sabe adónde va”. Esta cita de Antoine de Saint-Exupéry fue una de últimas cuestiones que tuve la oportunidad de debatir con Marcos, a quien dedicamos este artículo tras su fallecimiento el pasado sábado 21 de febrero. Era exalumno del colegio y, una vez finalizados sus estudios de bachillerato, decidió estudiar Físicas, compatibilizándolo –entre otras muchas cosas– con sus trabajos como vigilante de patios y de comedor en el Colegio. Era un hombre de Dios, cuyo rastro no dejaba a nadie indiferente, su trato diario con Cristo hizo que viviera la fe coherentemente en el lugar en el que Dios le puso. Marcos sabía adónde iba.

Fue precisamente en su vida cotidiana donde descubrió y reafirmó la certeza de su vocación, y al finalizar sus estudios decidió entrar en el Seminario de Barcelona. Explicó entre amigos que su carrera universitaria había sido decisiva para adquirir la certeza de lo que Dios le pedía, pues tuvo tiempo de madurar esa entrega palpando la presencia de Cristo en los estudios, las aulas y sus compañeros. La noche de su fallecimiento le decía a un amigo: “Cristo es la novia más celosa que he tenido nunca, pues me lo pide todo”. Y es que Marcos decidió dárselo todo y consecuencia de esa entrega fue su vida. Sus más allegados destacan que fue un referente a quien seguir y gracias a su amistad la gente crecía por dentro. Con su trato afable y paternal buscaba siempre el bien personal de cada uno.

El último día que vino a trabajar al colegio estuvimos hablando de su entrada al seminario y de cómo había impactado su decisión a los compañeros y profesores de la facultad. “Perdemos a un gran monitor” le dije, y sonriendo me dijo: “No te quejes, que me ha fichado el Jefe”. Sonreímos y nos dimos un apretón de manos. Nunca hubiera imaginado la importancia que tomaría ese momento días después y cómo me ayudaría a no quejarme por su marcha, y a confiar en Dios.

Marcos le dijo a su hermano Nicolás, también exalumno del colegio, ante su traslado al seminario de Barcelona: “Los caminos nos separan y eso desgarra, pero en el gran camino vamos juntos”.

Desde aquella madrugada de sábado han sido días de confianza en Dios. No lo entendemos y nos duele, pero Él sabe más. Sobre todo han sido días de grandes frutos, de personas que, como decía muchas veces, han cambiado la forma de mirar la realidad.

Doy gracias por estos años que nuestros alumnos han podido compartir su tiempo con Marcos, aunque estoy seguro de que seguirá cuidando del colegio desde el cielo.